Entre juguetes y escondidas



Dogui. Así se llamaba mi perro san bernardo de peluche. Era increíblemente suave con una mirada dulce.
Peluches, animalitos de goma, pinypons y playmobils, todo eso tenía. Me acuerdo que me sentía protegida, era mi universo y lo podía crear como quería.
A los animales de goma, los usaba en el agua, en cambio a los peluches, pedía a mi mamá que una vez cada tanto compre papas fritas y cotillón para festejarles los cumpleaños, ellos también tenían edad.
Me entusiasmaba mucho la escondida también, porque tenía mi guarida en el mundo que nadie podía hallar. Era una sensación agradable, aunque a la vez, si tardaban en encontrarme, me sentía sola y ya quería que el juego termine.


Tampoco me podía dormir si mi papá no me daba la mano mientras me contaba un cuento. Era una cama cucheta, marinera, o como la llamen. Arriba él le hablaba a mi hermana y la otra mano la agarraba yo, mientras escuchaba su voz para estar atenta a la narración.
Me parecía alucinante que podía crear cuentos sin tener un libreto, se le ocurrían historias con moraleja, y no entendía como podía imaginarlas tan rápido.


En cuanto a los juguetes, no sé por qué conectamos con algunos juguetes y otros no nos llaman para nada la atención. Quizás no correspondían al lugar que armábamos para jugar, quizás no había química y ya.
Cuando crecí, me dio pena saber que ya no los echaba de menos. Me gustaban que estén ahí pero ya no quería armarles ninguna historia. Me alivió saber que podía crear otros cuentos para la imaginación de mi hermano menor, que el sí creía en los juguetes.
Entonces, entusiasmada, armé personajes de aventureros, elegí un villano dragón y a mis 10 y 11 años lo llevaba a las mejores vivencias que podía tener.
Pero él también creció, conservaba algunos juguetes, pero empecé a contarle cuentos cuando todavía era chico. Se me ocurrió crear a un pato que con su pico tan largo salvaba a los demás en diferentes situaciones. El personaje pegó onda, y la serie tuvo más de 8 capítulos y llegó a la temporada dos.
Capturé el momento que él me preguntó como hacía para inventar todo tan rápido, recordé a mi papá y sonreí.
Pasó el tiempo. Ya se había alejado el pato Pico Pico, los dragones y autos. Ya estábamos metidos más entre amigos y me había despedido de las muñecas, peluches y novelas de mi mente ¿Qué seguía?
Era raro crecer.


Crecemos nosotros, crecen los hermanos, crecen nuestros padres. Pero nos siguen pareciendo tiernos esos muñecos, llenos de alegría, algunos con maldad ingenua en las batallas, con infinita personalidad, con todo.
Y nos damos cuenta que hace mucho no entramos a jugueterías. Pasan los años, pero de repente hay niño nuevo, hijos, sobrinos, vecinos, o no los hay, pero surge una juntada de recuerdos. Entonces, caminando, vemos un lugar que vende juguetes y es nostálgico pero lindo, y nos detenemos a ver las caras de los nuevos y modernos muñecos, y los de toda la vida, que siguen existiendo.
Sabemos que no nos llama la atención el personaje en caja, es impersonal, y no tiene vivencias, pero imaginarlo en otros contextos, hace que tenga todo el suspenso que le podemos dar. Hasta pensamos para quién iría mejor, o si lo hubiéramos tenido.
Antes no sabíamos qué habían jugueterías ahí, y al entrar, mirábamos todo y no es tan malo verlas un poco más altos, ¡hasta hay juegos de mesa y nos encantan! Sólo que antes no alcanzábamos a verlos.
En nuestra pieza o en algún cajón, conservamos nuestros muñecos. Creo que en la casa de nuestros padres, o en alguna parte de la familia están. Y un yoyo, o una figurita lo puede, podía y podrá todo. Fue nuestra terapia, fueron nuestros mayores consejeros, tantas variedades de caras, texturas y géneros, nuestra muestra de velocidad con los autos, nuestros ponernos coquetas con las barbies. Nuestro modo de creatividad en los episodios que armábamos para alguna serie interior.
Y hoy, grandecitos, vemos películas sobre superhéroes, y tenemos mascotas como nuestros peluches, y recreamos la casa que soñábamos con esos cuerpos de algodón. No estamos tan alejados.


Ese tiempo congelado, esa vivencia encontrada, era todo.
¡Qué suerte tuve! De recordar esos juguetes inventados, heredados, regalados... Y de vivir sabiendo que ahora son reales los compañeros, consejeros, a quién cuido y festejo cumpleaños.

Nos enseñaron a practicar a quiénes queremos tener al lado hoy, y cuanto cariño se podía dar, sin recibir nada a cambio. Y lo mejor, es que todas las personas del mundo, siempre a la hora de hablar de su infancia, van a recordar a nada más ni nada menos que a ellos, sus juguetes y cuentos.

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