Distinta



  Ella despertó con ganas de vivir. Con su piel perlada y su orgullo trillado.
  El rayo del sol espiaba la cortina donde dormía su cama de monoambiente pegada al balcón, y recalcaba la curva de sus ojeras, revelando una noche ingrata de pensamientos raros.
  Ella, un poco rubia y lacia, con algunas canas arpías, sabía que había amanecido diferente.
  Sabía que hace mucho no se aliviaba, sabía que no encontraba la forma de llenarse de mundo, sabía que saber tanto le hacía mal, por eso, dejó de saber y quiso sentir. 
  Ya eran las diez de la mañana, y el aire en su casa corría espeso pero fresco, como dándole una cachetada de viveza.
  Con su short y musculosa blanca, que se habían convertido en pijama, caminó directo al baño y se miró en el espejo antes de lavarse los dientes.
  Sus manos flacas como ella, sujetaron el lavatorio acercando demasiado su cara al espejo y se dio cuenta que se gustó. Raro, porque se veía todos los días, pero fue como si esta vez vio lo que reflejaba ella toda, no su textura ni sus complejos vintage.
  Prendió la radio y meneó un poco la cadera. Agarró unos puchos y mientras fumaba barrió un poco el comedor, con el swing de la canción de una radio vieja.
  Puteó un poco a los pájaros que la habían levantado antes de lo previsto y se río sola porque no había visto el celular, no había prendido la tele, no había salido la noche anterior, no había organizado el día, y no había sido ella en el último tiempo.

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